Busco una identidad más reciente,
después de superar el tedio de verme dibujada en otras caras,
el genio y la oscuridad del espejo,
el dios y la repetición,
sólo un rostro y muchos otros.
Decidí salir con mi propia imagen,
me marginaron por no ser tan humana,
caminé buscando nuevos gestos en la calle,
me encontré con que ya todos estaban repetidos,
no quedaba ninguno con un nuevo parlanchín.
Encontré la lejanía,
mejores gentes,
narices pintadas,
mejores manos.
Salí desnuda de mis otros nombres,
donde no sirven cenicientas,
en la ciudad de espejos donde no se vuelve siendo uno mismo,
donde el poema paciente espera su derrota,
donde la espina se clava en la pupila,
ahora sólo rostro y dolor de sangre.
Allí donde me sobrevivo,
donde todos saben a mí y yo sé a ellos un poco,
allí donde no soy yo sin ser ellos,
donde la anomalía se sienta triste si no encuentra quien comparta su cerebro
donde el tímpano se rompe,
como la luz que rasga el cielo,
así de sucio,
así de irónico
como mi retrato en otros,
como mi sangre compartida con medio mundo,
como la ropa que desuso y años después me requiere,
como mis lágrimas de sal que saboreo en tus mejillas,
como las figuras que no se han visto y ya se reconocen.
Allí en aquella ciudad me encontré con el monstruo de mis cuatro años,
aún sigue escondido bajo la cama,
le da miedo salir,
le teme a los hombres.
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