Guíame con tu mano ancestral el camino que tu dedo surca,
Déjame sobreponerme a la espera,
Deja una huella marcada en cualquier esquina y que la pueda ver,
para no haberme sola.
Sácame del ababol,
deja un consuelo a la llovizna seca,
susúrrame al oído paciencia,
en el caos del babel.
Dale a mis pisadas genio y vigor,
sustituye el temor con ambrosía,
ignora la queja tosca y las veces que te expiro en mí,
siempre has de resucitar en las cosas y en las gentes.
Deja crecer mi árbol de hojas desangradas,
déjame un papel menos anarquista en el mundo para poder ser feliz,
olvida los hombres que ahora te agonizan.
Déjame la mirada de niño,
las vos de mujer y la experiencia del añejo,
déjame al menos ventanas abiertas para poder trepar.
Tapa los oídos con fuerza ante mi mandato descarado;
“Dios existe para los inseguros y el diablo para los entusiastas”,
tú que lo puedes todo;
borra de tu memoria lo que he dicho.
Déjame que también te perdone,
por dejarme una conciencia,
un enigma que te teme.
Líbrame de otro hijo tuyo enviado a la tierra,
porque volvería a meter mi mano en su llaga.
Gracias por a veces no escuchar,
si todo fuera equidad que aburrido sería el mundo.
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